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viernes, 22 de junio de 2018

Dale alegría

Vengo de un lugar, donde se podía hablar con las piedras y los árboles; mi madre tuvo 3 años de escuela y era capaz de obtener buñuelos a partir de fideos. Se atravesaba campos y montes para llegar a la escuela, de chinelas de dedos y cortos vestidos de popelina en verano y de franela en invierno. Jugábamos al aro, a la payana o al gato ciego. Y no necesitábamos más, teníamos nuestras necesidades básicas satisfechas. Tan satisfechas, que la alegría se reflejaba en nuestros ojos brillantes e inocentes, cuando competíamos con nuestros hermanos, cada uno, ubicado un una gajo muy alto de un naranjo, que considerábamos propios, quien comía más naranjas.

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